Umbral

Reencuentro

La corrección del tango

Academia municipal, martes5 min de lectura

Lo vio entrar y no falló un paso, porque llevaba seis años preparándose sin saberlo para no fallar ese paso.

—Bienvenidos —dijo a la clase—. Hoy trabajamos el abrazo.

Once personas y él. Se colocó al fondo, con una camiseta gris y una cara de circunstancias que a ella le pareció, con cierta satisfacción cruel, absolutamente insuficiente.


—El tango no se baila con los pies —dijo, caminando entre las parejas—. Se baila con el pecho. Todo lo que uno de los dos va a hacer, el otro lo sabe medio segundo antes por aquí. —Se tocó el esternón—. Si tienes que empujar, es que no te has explicado.

—¿Y si el otro no quiere entender? —preguntó una señora de la primera fila, provocando risas.

—Entonces no es un problema de baile.

No miró al fondo al decirlo. Se felicitó por ello durante unos cuatro segundos.

Faltaba una pareja. Siempre falta una pareja. Once es impar y once lo había sido siempre, desde que ella daba clases, y esta vez el impar tenía nombre y una cicatriz en la ceja izquierda que ella le había curado una noche de hace siete años en un baño de Malasaña.

—Ven —dijo—. Hago yo de pareja.


Él se acercó. Se pararon uno frente al otro en mitad del parqué, con once personas mirando y la música todavía sin empezar, y ella levantó el brazo izquierdo con la eficacia de quien ha hecho ese gesto diez mil veces.

—Mano aquí —dijo, señalándose la espalda, entre los omóplatos—. No en la cintura. Eso es cine.

Él puso la mano.

Y ella tuvo que respirar una vez, completa, antes de seguir hablando, porque hay temperaturas que uno cree recordar y no recuerda, y porque la palma de aquella mano seguía siendo del tamaño exacto de su espalda.

—Firme —dijo, con la voz solo un poco distinta—. Que yo sepa que estás.

—Sé que estás —dijo él.

—He dicho que yo sepa que tú estás.

—Ya te he oído.


Empezó la música. Caminaron. Ocho compases y la clase entera dejó de ser una clase, porque cuando dos cuerpos se han conocido muy bien no se les olvida, aunque la cabeza haya hecho un trabajo excelente de archivo.

—Estás llevando tú —dijo ella entre dientes.

—Estoy siguiendo.

—Estás llevando y lo sabes.

Él la giró. Fue una corrección mínima, de dos centímetros, la clase de ajuste que nadie ve desde fuera, y ella acabó con el pecho contra su pecho y la cara a la altura de su clavícula y la mano de él más abierta sobre la espalda de lo que estaba hace treinta segundos.

—Once personas nos están mirando —dijo ella, muy bajo.

—Doce. Está el de la ventana.

—No te hagas el gracioso.

—Vale.

Siguieron caminando. El disco iba por la mitad; cuando acabara la cara, acababa la clase. Ella notaba el corazón de él contra el suyo, desincronizados los dos primeros compases y luego ya no, y entendió que llevaba seis años explicando a desconocidos exactamente esto sin poder ponerle ejemplo.

—Cuando acabe la clase te vas —dijo.

—Vale.

—Te vas y no vuelves el martes que viene.

—Vale.

La mano de él subió tres centímetros por la espalda, hasta la nuca, que no es una posición de tango y los dos lo sabían, y ella cerró los ojos en mitad del parqué delante de once alumnos y un señor en la ventana.

—No lo digo en serio —dijo.

—Ya lo sé.

Nota de Umbral. Volvió el martes siguiente. Y el otro. La academia acabó con doce inscritos fijos y una profesora que ya no explicaba bien la parte del abrazo.