Encuentro
Sábana bajera
Coincidíamos todos los martes. Yo iba a las diez porque a esa hora no había nadie, y ella iba a las diez por lo mismo, así que durante cuatro meses fuimos los dos únicos clientes de la lavandería de la calle Tribulete que nunca se hablaban. Ella leía. Yo miraba girar la ropa. Algunas noches coincidíamos en la misma secadora y uno de los dos esperaba. A las once la puerta se cierra sola —lo dice un cartel plastificado junto al cambiador de monedas—, así que a las once menos cinco recogíamos cada uno lo suyo y salíamos sin despedirnos.
Sé que se volvía a Valencia porque se lo oí decir por teléfono en la puerta, la semana anterior: el viernes, el tren de las nueve, que ya estaba. Que Madrid no había salido. Que no había conocido a nadie en cuatro meses, literalmente a nadie, que se iba igual que había venido.
Me sentí aludido sin tener derecho.
Esa noche su secadora se paró a medias con un pitido y una luz roja. Ella la abrió, sacó una sábana todavía tibia, y se quedó mirándola con cara de derrota.
—Es bajera —dijo, sin que nadie le preguntara—. Nunca he sabido doblarlas.
—Nadie sabe doblarlas. Se hace entre dos.
Me miró. Era la primera frase entera que nos decíamos en cuatro meses.
—¿Tú sabes?
—Mi madre tenía una técnica.
Cogí dos esquinas. Ella cogió las otras dos. Nos separamos hasta que la sábana quedó tensa entre los dos, a lo ancho de la lavandería, entre las secadoras y las lavadoras.
—Ahora metes tus esquinas dentro de las mías —dije—. Hacia mí.
Para doblar una sábana bajera hay que caminar hacia el otro. No hay otra forma. Ella vino hacia mí con sus dos esquinas y yo levanté las mías, y metimos unas dentro de otras, y nuestras manos quedaron juntas dentro de las gomas, sus dedos entre los míos, envueltos en algodón tibio que olía a suavizante.
—Así —dije. No me salió como me quería salir.
—¿Y ahora?
—Ahora nos separamos otra vez y doblamos a lo largo.
Nos separamos. Volvimos a caminar el uno hacia el otro. Cada vez que la sábana se hacía más pequeña, nos quedábamos más cerca, porque así funciona: el último pliegue lo haces con la cara a un palmo de la cara del otro. Mi madre nunca me había contado esa parte.
Las once menos veinte. Encima de la puerta, el reloj digital que marca el cierre.
—Me voy el viernes —dijo ella, cuando ya solo quedaba la mitad de la sábana—. A Valencia.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Te lo oí por teléfono.
Se quedó quieta, con las esquinas en las manos.
—Dije que no había conocido a nadie.
—También lo oí.
Nos quedaban dos pliegues. Ella me miró por encima de la sábana a medio doblar, y en cuatro meses de martes nunca me había mirado así, porque en cuatro meses de martes nunca la había mirado yo tampoco, por si acaso.
Las once menos diez. Caminó hacia mí con sus esquinas para el penúltimo pliegue. Quedamos con las manos juntas dentro del algodón y las caras tan cerca que yo notaba su respiración en la barbilla, y el último pliegue era el definitivo, el que deja la sábana cuadrada y lista y termina todo.
Doblé mal la esquina a propósito, para que hubiera que empezar otra vez.
Nota de Umbral. El viernes el tren a Valencia salió a su hora. En la lavandería de la calle Tribulete hay un cartel que dice que la puerta se cierra automáticamente a las once. Hay quien jura que una noche de septiembre no se cerró.