Reencuentro
Cuarto oscuro
Durante diez años él solo fotografió a una persona. No es una forma de hablar: en sus archivos hay trescientos doce carretes y en todos salgo yo. Durmiendo, de espaldas, enfadada, en una playa de Cádiz, en la cocina con harina en la cara. Cuando lo dejamos, hace cuatro años, le pedí los negativos y me dijo que no. Que eran suyos. Que eran lo único que había hecho bien.
Él cierra el laboratorio el viernes. Me llamó para decirme que ya no tenía dónde guardarlos.
Fui el jueves a recogerlos. Decidí antes de salir de casa que iba a entrar, coger la caja y salir. Cinco minutos. Que las cosas que se terminan hay que terminarlas de una vez, como se arranca una tirita, y que si me sentaba a mirar un solo negativo no iba a salir de allí.
La caja estaba en la mesa, preparada. Trescientos doce carretes en fundas, numerados.
—Hay uno más —dijo él—. Sin revelar. Lo encontré ayer en una cámara vieja.
—¿Mío?
—Es el último que te hice. La semana antes de irte.
No me acordaba. Él sí.
—Lo revelo ahora, si quieres. Son veinte minutos.
Iban a ser cinco. Dije que sí.
El cuarto oscuro mide dos metros por dos. Una pila con tres bandejas, una ampliadora, una bombilla roja en el techo. Cuando la luz roja está encendida no se puede abrir la puerta; la tiene él cerrada por dentro con un pestillo, desde siempre, para que nadie entre y vele el papel.
Echó el pestillo. Apagó la luz blanca. Encendió la roja.
Y ahí estábamos otra vez, cuatro años después, en el mismo metro cuadrado de luz roja en el que habíamos pasado tantas noches, él revelando y yo mirando por encima de su hombro.
—Revelador, un minuto y medio —dijo, poniendo la primera hoja en la bandeja—. Luego paro, treinta segundos. Luego fijador, cinco minutos. Hasta que no está fijado no se puede encender la luz.
—Ya lo sé.
—Ya sé que lo sabes. Lo digo por decir algo.
La imagen empezó a aparecer en el papel. Primero sombras, luego una forma. Era yo. En la cama, de lado, con las sábanas hasta la cintura, dormida. La semana antes de irme.
Me miré dormida en la bandeja de revelador. Tenía una cara que no me conocía: tranquila. Me pareció imposible que aquella persona se fuera a ir de aquella cama siete días después.
—No sabía que me la habías hecho —dije.
—Estabas dormida.
—Ya.
La pasó al paro. Treinta segundos. Al fijador. Puso el reloj: cinco minutos.
Estábamos hombro con hombro frente a la pila, porque no hay otra forma de estar en un cuarto de dos por dos. Con la luz roja todo tiene el mismo color, la piel y la ropa y el papel, y los ojos se acostumbran y ves solo contornos. Él movía la bandeja con suavidad para que el líquido cubriera la foto. Yo miraba sus manos, que eran las mismas.
—¿Por qué solo me fotografiabas a mí?
Tardó en contestar. El reloj marcaba tres minutos.
—Porque en todo lo demás no había nada que mirar.
Dos minutos. Uno. Había venido a cerrar algo, a arrancar una tirita, y estaba en un cuarto con el pestillo echado viendo cómo se fijaba la última foto de diez años. Él tenía la mano en el borde de la bandeja. Yo puse la mía al lado, sin tocarla.
Sonó el reloj. Fijado. Ya se podía encender la luz blanca y abrir la puerta y coger la caja y salir, como había decidido antes de salir de casa.
Él alargó la mano hacia el interruptor.
—¿Te queda película? —pregunté.
Nota de Umbral. El laboratorio cerró el viernes, como estaba previsto. En la caja de negativos que se llevó ella hay diez años de carretes numerados. El último no tiene número.