Umbral

Reencuentro

Inventario de lo común

Calle Almendro, tercero sin ascensor6 min de lectura

Cuando lo dejamos me hice una sola promesa, y era pequeña: no ser yo el que preguntara. Ella se fue un martes mientras yo estaba en Lisboa por trabajo; cuando volví había un hueco en el armario y una nota en la nevera que decía lo siento, no sabía cómo. Nunca le pregunté cómo. Tampoco por qué, ni por qué un martes. Me pareció que la única dignidad que me quedaba era esa: no preguntar.

Eso fue hace año y medio. Hoy vaciamos el piso. Lo hemos vendido. Ella vive con alguien en Chamberí y ese alguien le ha mandado cuatro mensajes desde que llegamos a las tres. Lo sé porque cada vez que suena el móvil ella lo mira y lo pone boca abajo.

El comprador viene a por las llaves a las siete.


El sofá lo compramos juntos en un mercadillo de Tetuán y lo subimos entre cinco amigos una tarde de agosto de hace siete años. Bajarlo lo tenemos que hacer entre dos.

—Tú arriba —dijo ella—. Yo abajo, que veo la escalera.

La escalera de este edificio tiene un giro en cada rellano que alguien diseñó pensando en personas pero no en muebles. En el primer giro el sofá se quedó atascado en diagonal, con ella abajo sujetándolo contra el pecho y yo arriba con los brazos estirados.

—Gíralo hacia ti.

—No puedo, tengo la barandilla.

—Pues pasa por encima.

Pasé por encima. Para hacerlo tuve que bajar dos escalones y apoyarme en el sofá, y el sofá se desplazó, y de repente estábamos los dos encajados en el rellano, ella con la espalda contra la pared y yo con los brazos a los lados de su cabeza sujetando el mueble para que no se nos viniera encima.

—No lo sueltes —dijo.

—No lo suelto.

No lo soltamos. Estuvimos así diez segundos, que es muchísimo tiempo, respirando el uno a veinte centímetros del otro sin poder movernos porque si nos movíamos se nos caía un sofá encima.

—Vale —dijo ella al fin, y le salió un poco ronca—. Ahora despacio.


A las seis y media el piso estaba vacío.

Nos sentamos en el suelo del salón porque ya no había otra cosa donde sentarse. Sin muebles se oía el eco de todo. Por la ventana entraba esa luz de septiembre que parece de otra estación.

—Aquí estaba la mesa —dijo ella.

—Ya.

—Y ahí la lámpara de tu abuela, que nunca funcionó.

—Funcionaba si le dabas un golpe.

—Eso no es funcionar.

Se rio. Hacía año y medio que no la oía reírse, y el sonido rebotó en las paredes vacías como si el piso también se acordara. El móvil sonó. Lo miró, lo puso boca abajo sobre la madera.

Las siete menos diez.


—Me fui un martes —dijo ella, de repente, mirando la pared—. Nunca me preguntaste por qué.

No contesté. Era la promesa. Lo único mío que había sobrevivido a todo aquello era no preguntar, y lo tenía agarrado como el sofá en el rellano.

—Porque los martes volvías tú de Lisboa —siguió ella—. Y si me quedaba hasta el miércoles, te veía entrar por la puerta, y entonces ya no me iba.

Las siete menos cinco. Oí un coche aparcar abajo.

Ella giró la cara hacia mí. Estábamos sentados en el suelo, con los hombros casi tocándose, en un piso que ya no era de ninguno de los dos. Tenía la misma cara que en el rellano, cuando no podíamos soltar el sofá.

Sonó el timbre del portal.

Me levanté para abrir, porque es lo que se hace, porque era el comprador y eran las siete y todo aquello tenía que terminarse de una vez. Llegué hasta el pasillo. Tenía la mano en el telefonillo.

—No abras —dijo ella desde el suelo.

Y yo, que llevaba año y medio sin preguntarle nada, solté el telefonillo.

Nota de Umbral. El comprador esperó en el portal veinte minutos y luego llamó a la inmobiliaria. En la escritura consta que las llaves se entregaron ese mismo día a las ocho menos cuarto, sin incidencias.