Umbral

Encierro

En antena

Estudio 2, 03:145 min de lectura

Quince años haciendo la madrugada y hay gente que la escucha desde el primer programa. Le escriben. Le mandan dibujos de cómo creen que es. Un camionero de Zaragoza le dijo una vez que se la imaginaba rubia y con gafas, y ella no le sacó de su error porque no hay ningún error del que sacar a nadie: no tiene cara. Tiene voz. La voz es lo único de ella que ha existido fuera de su casa en quince años.

Por eso eligió la radio. Nadie te mira. Se lo dijo a su madre a los veintidós años y era verdad entonces y era verdad ahora.

Detrás del cristal está Dani. Técnico de sonido, tres años en el turno. Es la única persona del mundo que la ve trabajar.


A las tres y catorce entró una canción larga. Tres minutos cuarenta y dos. Ella se quitó los cascos, estiró la espalda, y vio que Dani se levantaba de la mesa de mezclas y abría la puerta del estudio.

Eso no pasa. Hay un cristal para que no pase.

—Tienes el micro mal —dijo él.

—Tengo el micro bien.

—Petardea en las pes. Lo llevo oyendo desde la una.

Rodeó la mesa. Se colocó detrás de ella y alargó los brazos por encima de sus hombros para llegar al micrófono, y así quedó ella: sentada, con los brazos de él a los dos lados y su pecho a un centímetro de su nuca.

Tres minutos veinte.


Él aflojó la rosca del brazo articulado. Bajó el micrófono dos dedos. Lo giró.

—Di algo.

—¿Qué digo?

—Lo que sea. Algo con pe.

Ella se acercó al micro. Él seguía detrás, con las manos en el brazo del micrófono, y la voz de ella salió más baja de lo normal.

—Probando.

—Otra vez.

—Probando.

—Ahora no petardea. —No se apartó—. Pero te ha salido distinta.

—¿Distinta cómo?

—Así no hablas en antena.

Dos minutos cincuenta. Ella miró el contador de la canción en la pantalla, por no mirar otra cosa.

—¿Cómo hablo en antena?

—Como si no hubiera nadie.


Se giró en la silla. No había decidido hacerlo; se encontró girada, con él de pie delante, muy cerca, y el cristal del locutorio detrás de él reflejando a los dos. Estaba mirándola. No a la pantalla ni a la mesa. A ella.

—Llevo tres años viéndote —dijo él—. Cada noche. Desde ahí.

Ella no contestó. Quince años sin que nadie la mirara trabajar, y resulta que alguien la había estado mirando.

—Sé cuándo sonríes aunque no se note en la voz —siguió él—. Sé que te tocas el pelo cuando te llama el camionero de Zaragoza. Sé que te quitas un zapato a las cuatro.

—Para.

—Vale.

No paró de mirarla. Ella tampoco se lo había pedido a eso.

Un minuto. Cuarenta segundos. En la pantalla, la barra de la canción avanzando hacia la derecha.

—Tengo que volver —dijo él—. Tienes que entrar tú.

No volvió.

Veinte segundos. Él se inclinó para mirarla más de cerca, como se mira algo que llevas tiempo viendo a través de un cristal y de pronto no tiene cristal delante. Ella no apartó la cara. Diez segundos. Él no había vuelto a la mesa; nadie iba a lanzar la cortinilla, nadie iba a bajar la música.

La canción terminó.

El piloto rojo de antena se encendió encima de la puerta. Estaba en el aire, delante de treinta mil personas que llevaban quince años sin verle la cara.

Y no dijo nada.

Nota de Umbral. Los registros de emisión de esa madrugada marcan once segundos de silencio a las 03:18. Es el único silencio en antena de toda su carrera. Nadie en la emisora ha preguntado nunca a qué se debió.