Encierro
Guardia de noche
En once años de turnos de noche no he delegado una sola decisión. No es un rasgo de carácter, o no solo: es el trabajo. Una jefa de turno que duda no es jefa de turno, y un museo de noche es un edificio lleno de cosas irreemplazables custodiado por cuatro personas y un sistema de alarmas. Alguien tiene que decidir. Decido yo.
La ronda de las tres se hace en pareja y se ficha en doce puntos con una llave electrónica. Entre punto y punto el sistema da un tiempo máximo; si se excede, salta un aviso en la central y a los diez minutos tienes una patrulla en la puerta y un informe que redactar. El tramo más largo es la sala de tapices, entre el nueve y el diez. Seis minutos.
Esa noche me tocaba con Andrés. Tres meses en la casa, pocas palabras, buena ronda. Le había corregido dos veces el orden de los fichajes y las dos veces había dicho «vale» sin discutir.
La linterna se me fundió en la escalera del ala norte.
—Toma la mía —dijo él.
—No. Tú vas delante con ella, yo te sigo.
—Pues entonces vas a ir a oscuras detrás de mí.
Tenía razón. Lo odié un poco por tenerla. Caminamos así: él delante con la única luz, yo detrás a un paso, guiándome por el círculo blanco que iba barriendo el suelo. Por primera vez en once años no era yo quien decidía hacia dónde se miraba.
Fichamos el ocho. Fichamos el nueve.
—Seis minutos —dije.
—Ya lo sé.
La sala de tapices está a dieciséis grados todo el año, por conservación, y a oscuras es un sitio enorme y amortiguado donde el sonido no rebota. Los tapices cuelgan del techo al suelo como paredes blandas y se come los pasos.
A mitad de sala él se paró. Yo, que venía detrás guiándome por su luz, me paré tarde, y quedé pegada a su espalda.
—Perdona.
—No pasa nada.
No me aparté. No sé por qué no me aparté. Tenía la cara a la altura de su nuca y olía a jabón barato y a la lana antigua de los tapices, y él tampoco se movió. La linterna apuntaba al suelo, un círculo blanco inmóvil entre sus pies.
—¿Por qué te has parado? —dije.
—Ahí. —Levantó la luz hacia un tapiz—. Nunca me había fijado. Hay una mujer en la esquina de ese que está mirando fuera del cuadro.
La había. Una figura pequeña, abajo a la izquierda, con la cabeza vuelta hacia algo que el tejedor no había tejido. Llevaba once años pasando por delante de ese tapiz cuatro veces por noche.
—Quedan cuatro minutos —dije.
Él apagó la linterna.
La sala se volvió negra entera, sin una raya de luz. Dieciséis grados. Los tapices comiéndose cualquier sonido que no fuera el de dos personas respirando.
—Enciéndela —dije. Salió como una orden, porque todo lo que digo sale como una orden.
—Dentro de un momento.
—Andrés.
Se dio la vuelta. Lo supe por el aire, por el roce de su manga contra la mía, porque de repente su respiración no estaba delante de mi cara sino a la altura de mi boca. No me tocaba. Estaba a un centímetro en la oscuridad total, esperando, y entendí que estaba esperando a que yo decidiera, porque era lo que yo hacía, porque era lo único que yo sabía hacer.
—Tres minutos —dijo él, en voz muy baja—. Tú mandas.
Once años. Cada puerta, cada ronda, cada informe. Nunca una sola vez había dejado que otro eligiera por mí, ni en el trabajo ni fuera de él.
Le busqué la mano en la oscuridad. Le puse en la palma la llave de fichar.
—Decide tú —dije.
Nota de Umbral. El registro de rondas de esa noche marca el punto nueve a las 03:11 y el punto diez a las 03:16. Cinco minutos. Dentro de margen, y así consta en el informe.