Umbral

Encuentro

La rodilla

Clínica de fisioterapia, 18:156 min de lectura

Durante nueve años fue primer bailarín. Después la rodilla izquierda dijo basta en mitad de una función en Valencia, delante de ochocientas personas, y desde entonces es un hombre de treinta y cuatro años que sube las escaleras de lado. Catorce meses de rehabilitación. Dos cirujanos. Una fisioterapeuta que se llama Inés y que no le ha dejado hacer trampa ni una sola vez.

En la compañía vio a tres bailarines lesionados enamorarse de su fisioterapeuta, y los tres acabaron igual: la lesión se curaba y lo otro no, y había que seguir yendo a una clínica a que te tocara alguien que ya solo te trataba. Él se lo tomó como una advertencia. Lleva catorce meses mirando a Inés exactamente como se mira a una profesional, y está orgulloso de ello.

Él hace trampa. Es lo que le queda de bailarín: compensar. Si la rodilla no llega, llega la cadera; si la cadera no llega, llega la espalda, y el cuerpo entero se reorganiza en silencio para que desde fuera parezca que la rodilla funciona.

Ella lo ve siempre.


—Túmbate boca arriba —dijo—. Hoy vamos a por la flexión completa.

La camilla estaba junto a la ventana. Desde la puerta entreabierta se oía la sala de espera: una radio, alguien pasando las hojas de una revista. El paciente de las siete. Cuarenta y cinco minutos por sesión, sin margen.

Ella le cogió el pie izquierdo con una mano y puso la otra detrás de la rodilla, en el hueco, y empezó a flexionar.

—Me avisas.

A los noventa grados él notó el tirón. A los cien, el dolor conocido. Levantó un poco la cadera para ganarle dos grados al dolor.

—La cadera —dijo ella, sin levantar la vista.

—No he movido la cadera.

—La has movido.

Le puso la mano plana sobre la cadera, encima del chándal, y la empujó contra la camilla. Se quedó ahí, sujetándolo. Con la otra mano siguió flexionando. Ciento cinco.

—Respira. No la sueltes tú, la suelto yo.


Hay algo que nadie te cuenta de dejar de bailar, y es que dejas de tocar gente. Durante nueve años su trabajo fue sostener cuerpos: levantarlos, recogerlos, recibirlos en el aire. Todo su oficio eran las manos de otros sobre él y las suyas sobre otros. Y un día aquello se acaba y lo único que te toca en catorce meses es una fisioterapeuta tres veces por semana.

No lo había pensado así hasta ese momento, con la mano de ella en su cadera y la otra en la corva.

—Ciento diez —dijo ella—. Nunca habías pasado de ciento cinco.

—Porque me estás sujetando.

—Porque no te estoy dejando hacer trampa.

Aflojó un momento. Él notó cómo la rodilla recuperaba espacio, y luego ella volvió a flexionar, más despacio, y esta vez él no movió la cadera, y no porque ella lo sujetara sino porque se había olvidado de hacerlo.


—Siéntate en el borde —dijo—. Vamos a comprobar el apoyo.

Se sentó con las piernas colgando. Ella se puso delante, de pie, y le cogió la rodilla con las dos manos, los pulgares a los lados de la rótula.

—Extiende.

Extendió. Ella acompañaba el movimiento con las manos, notando por debajo algo que él no podía ver.

—Otra vez. Despacio.

Ella estaba entre sus rodillas. Él no se había dado cuenta de eso hasta que lo tuvo delante: la postura, la distancia, la cara de ella a la altura de la suya porque él estaba sentado en alto. Llevaba el pelo recogido con un lápiz.

Las siete menos diez. En la sala de espera, la radio.

—Está perfecta —dijo ella. No se movió—. Ya no me necesitas.

Lo dijo con la voz de siempre, profesional, y él la conocía lo suficiente, después de catorce meses, para saber que no era la voz de siempre.

—Me quedan dos sesiones —dijo él.

—No te quedan. Te voy a dar el alta.


Tenía las manos de ella todavía en la rodilla. Si le daba el alta, no había más sesiones. Si no había más sesiones, no había motivo para que nadie volviera a sujetarle.

—Hazme una última prueba —dijo.

—¿Cuál?

Él se levantó de la camilla. Quedó de pie frente a ella, muy cerca, apoyado sobre las dos piernas por primera vez en catorce meses sin compensar con nada. Le cogió la mano derecha. Le puso la otra en la espalda, a la altura exacta donde durante nueve años puso la mano a cada bailarina antes de un porté.

Supo que ella entendía la postura. Había visto sus vídeos, todos; se lo dijo en la primera sesión.

Él dobló la rodilla izquierda, despacio, como antes de un salto.

No le dolió.

Nota de Umbral. En su historia clínica, la sesión del 25 figura como la última. Alta por recuperación funcional completa. El paciente de las siete constaba como no presentado.