Oficio
La última luz
Hace cuatro años, en un bar de Lavapiés que ya no existe, ella le dijo que no. Se lo dijo bien, además. Sin crueldad y sin dejar resquicios: que él era alguien con quien no se podía construir nada, que ella necesitaba otra cosa, que lo sentía. Estuvo orgullosa durante meses de la claridad con que lo hizo. Después eligió a alguien con quien sí se podía construir, y ese alguien construyó durante tres años y luego se fue a construir a otra parte.
Eso fue lo que pensó cuando vio quién subía a la azotea con dos cámaras colgadas del cuello.
—Me han mandado de la editorial —dijo él.
—Ya lo veo.
—Tenemos veinte minutos de luz buena. Luego se pone azul y ya no sirve para esto.
La colocó contra el murete, de cara al oeste. El sol estaba bajo y amarillo y le daba en la mitad de la cara, y él miró a través de la cámara, bajó la cámara, volvió a mirar.
—La barbilla —dijo—. Un poco abajo.
Ella la bajó demasiado.
—No tanto.
Dejó una cámara en el suelo, se acercó, y le puso dos dedos debajo de la mandíbula para subirle la cara un centímetro. Fue un gesto técnico, rapidísimo. Los dedos se quedaron ahí medio segundo más de lo que exigía el centímetro.
—Así —dijo—. No te muevas.
Volvió a su sitio. Disparó. Ella oía el obturador como quien oye a alguien respirar al otro lado de una pared.
Tres libros. Tres libros y nadie la había elegido nunca para nada: ni un premio, ni una lista, ni una traducción. La editorial le mandaba a quien estuviera libre, y quien estaba libre este mes era él.
—Me dijeron que lo pediste tú —dijo ella, sin cambiar de postura.
Él no bajó la cámara.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Marta. Que había otro fotógrafo asignado y que llamaste tú para quedarte con esto.
Clic. Clic.
—El otro hace retratos de autor muy correctos —dijo él—. Salen todos con la mano en la barbilla delante de una estantería.
—Eso no es un motivo.
—No. —Bajó la cámara por fin—. No es un motivo.
La luz había bajado un grado. El amarillo se iba volviendo naranja y el naranja empezaba a subirle por el cuello hacia la cara. Él la miró sin cámara y ella tuvo que agarrarse al borde del murete con una mano, detrás, donde él no lo viera.
—Quince minutos —dijo él.
—El pelo —dijo—. Te cae sobre el ojo.
Ella levantó la mano para apartárselo.
—Déjalo. Ya lo hago yo, que sé dónde lo quiero.
Se acercó otra vez. Le cogió el mechón con dos dedos y se lo llevó detrás de la oreja, despacio, siguiendo la curva, y cuando terminó no retiró la mano: la dejó ahí, detrás de la oreja, con el pulgar apoyado en el borde de la mandíbula, exactamente donde había estado antes para subirle la barbilla.
—¿Así lo querías? —dijo ella. Le salió muy bajo.
—Así.
Él no volvió a su sitio. Se quedó a treinta centímetros, con una mano en su cara y la otra sosteniendo una cámara a la que no miraba, y la luz naranja les daba a los dos de lado y la azotea entera había dejado de existir.
Cuatro años. Un bar que ya no existe. Una frase dicha con una claridad de la que estuvo orgullosa meses.
—Se está yendo la luz —dijo él.
Ella no se movió. Sintió que él iba a bajar la mano, que iba a volver a su sitio, que iba a decir algo profesional sobre el azul y sobre que ya no servía. Sintió que era el momento exacto de dejarle hacerlo.
—Dispara igual —dijo.
Nota de Umbral. La editorial eligió la tercera foto del carrete para la contraportada. En la hoja de contactos hay treinta y seis fotogramas, y los doce últimos están completamente negros.