Umbral

Oficio

Manos de luthier

Taller, un martes a las siete6 min de lectura

El encargo estaba firmado desde marzo: un violonchelo entero, construido a medida, con un plazo de entrega y un anticipo pagado. Por eso ella estaba allí y por eso él la había citado — porque un instrumento a medida exige medir, y medir exige a la clienta presente.

—El portero cierra la puerta de la calle a las ocho —dijo él, sin levantar la vista del banco—. Si nos pasamos, hay que salir por el patio.

Eran las siete. El taller olía a barniz, a serrín de arce y a ese frío particular de los sitios con techos altos.

—Siéntate ahí. Y quítate los anillos.

Se los quitó. Los dejó tintinear sobre la mesa de trabajo. Dos aros finos y uno grueso que no le quedaba bien en ningún dedo.


Le pidió la mano izquierda. La derecha sujeta el arco y perdona; la izquierda es la que vive sobre el mástil y esa hay que conocerla milímetro a milímetro, le explicó, mientras sacaba un calibre de latón gastado en los bordes.

Ella extendió la mano sobre el paño verde. Él la tomó por la muñeca y la giró hacia la luz con la naturalidad brutal de un profesional, y ella pensó —lo pensó con claridad, con vergüenza, con una especie de asombro— que hacía tres años que nadie le tocaba la muñeca.

—Abre —dijo él.

Abrió los dedos. Él midió la envergadura, del pulgar al meñique, y cantó el número en voz baja para sí mismo. Midió el índice. El corazón. Presionó la yema de cada dedo con el pulgar, una a una, buscando el callo, el grosor exacto, la dureza que deja una década de cuerdas.

—Tienes callo hasta aquí —dijo, recorriéndole la falange con la uña—. Eso significa que aprietas de más.

—Siempre me lo dicen.

—No es un reproche. —Le giró la mano, palma arriba—. Es que voy a tener que darte una acción más baja o me vas a odiar en tres meses.

Ella no contestó. Tenía la palma abierta bajo la lámpara y los dedos de él recorriéndole la línea del pulgar, y era una situación completamente técnica, perfectamente justificada, y estaba costándole un esfuerzo físico no cerrar la mano en torno a la suya.

En la orquesta la sentaban en la tercera fila y nadie le había mirado las manos en catorce años.


—Ahora la separación —dijo él—. Coloca los dedos como en primera posición. En el aire.

Ella lo hizo. Él se acercó para mirar el ángulo desde arriba y quedaron muy cerca; ella podía ver el polvo de arce en el vello de su antebrazo y la marca de la gubia en el dorso de su mano derecha, vieja, blanca, de años atrás.

—Estás tensa —dijo él, sin levantar la vista.

—Estoy quieta. Me lo has pedido tú.

—Quieta y tensa no son lo mismo. —Le puso dos dedos en el antebrazo, justo debajo del codo, y presionó con suavidad—. Suelta desde aquí.

Ella soltó. Notó cómo se le descolgaba el hombro, cómo el brazo entero se volvía pesado, y notó también que él no había retirado los dedos de su antebrazo y que no parecía tener intención inmediata de hacerlo.

El taller estaba muy silencioso. Fuera se oía la lluvia contra una claraboya.

—Así —dijo él, y su voz salió distinta, medio tono por debajo de donde había estado toda la tarde—. Así tienes que tocar.

—Así no puedo tocar nada.

—Ya.


El reloj de la pared, un trasto de baquelita con el cristal rajado, marcaba las ocho menos cinco.

Él bajó la mano. Cogió el calibre otra vez, lo dejó, lo volvió a coger. Un hombre que lleva treinta años haciendo un gesto no se equivoca en ese gesto salvo por un motivo.

—Me faltan dos medidas —dijo.

—¿Cuáles?

Y él, en lugar de responder, le cogió la mano entera con las dos suyas y se la cerró, dedo a dedo, hasta dejarla hecha un puño dentro de sus palmas. La sostuvo así. No medía nada. Los dos lo sabían y ninguno se movió, y el calibre de latón seguía sobre el paño verde, sin usar, marcando un número que ya no le importaba a nadie.

Abajo, en el portal, sonó el golpe seco de la puerta de la calle al cerrarse y la vuelta de llave del portero.

Ella levantó la cara.

Él estaba mirándola desde mucho más cerca de lo que exige cualquier oficio.

—Si sigues —dijo ella, muy despacio—, no vas a acabar el chelo.

—No —admitió él—. Hoy no.

Nota de Umbral. El instrumento se entregó cuatro meses tarde. Nadie del taller se atrevió a preguntar por qué.