Umbral

Oficio

Temperatura de servicio

Cierre, dos y veinticinco de la madrugada6 min de lectura

La norma me la puse yo, no me la puso nadie: nada con nadie de la casa. La aprendí en Bilbao, en un sitio con una estrella y un jefe de sala con muy buena mano para el vino y muy mala para todo lo demás, y me costó el puesto a mí, no a él. Desde entonces la cumplo como se cumplen las cosas que uno ha pagado: sin discutirlas.

La segunda cosa que conviene saber es que la alarma de este local se arma sola a las dos y media. No es negociable, no tiene botón de retraso y si te pilla dentro vienen dos coches y una factura. A las dos y veinticinco yo estaba bajando a la bodega a cerrar el inventario porque era mi turno.

Él bajó detrás porque no era el suyo.

—El Mencía de la siete estaba caliente —dije, sin volverme.

—El Mencía de la siete estaba a dieciséis grados y tú lo sabes.

—Dieciocho.

—Dieciséis.


Hay que entender una cosa de las cocinas para entender esto. En la sala yo soy el trámite entre el cliente y la carta. Los periodistas vienen a hablar con él, las fotos son de sus platos, y cuando alguien alaba un maridaje que he tardado tres semanas en construir, se lo alaba a la casa, que es una manera educada de decir que no se lo alaba a nadie.

Él es el único ser humano del edificio que discute conmigo de vino. No sobre vino: conmigo. Como si yo fuera alguien con quien se puede perder una discusión.

Llevamos así dos años y cuatro meses y en todo ese tiempo no ha cedido una sola vez, lo cual, si lo piensas, es la forma más incómoda de respeto que existe.


La bodega es estrecha. Dos filas de botelleros y un pasillo de setenta centímetros entre ellos, y a esa hora, con la puerta cerrada, con doce grados constantes y la luz amarilla de las bombillas de servicio, es el sitio menos neutral del edificio.

Él dio un paso. Yo no di ninguno, que en setenta centímetros equivale a dar uno.

—Estás en medio.

—Sí.

—¿Piensas quitarte?

—No.

Dejé la tablilla en el estante. Lo hice despacio, sin apartar los ojos de él, y el ruido de la madera contra el metal sonó mucho más alto de lo que debería.

—Tengo que contar las botellas. En cuatro minutos salta la alarma.

—Pues cuenta.

—No puedo, estás delante de la fila.

—Cuenta las de detrás.

Y yo, que no he perdido una discusión en dos años y cuatro meses, me giré hacia el botellero de atrás y empecé a contar en voz alta. Me salió bastante firme hasta la tercera botella y regular en la cuarta, porque a la cuarta él se había colocado detrás de mí, muy cerca, sin tocarme, y el frío de la bodega dejó de ser un problema de golpe.


—Siete. Ocho.

Apoyó una mano en el estante, junto a mi cabeza. Solo eso. Un antebrazo contra la madera, a dos dedos de mi pelo.

—Nueve.

La otra mano en el estante del otro lado. Quedé encerrada sin que me hubiera rozado ni una vez, y esa fue exactamente la parte insoportable: que no me estaba tocando, que podía salir de ahí andando cuando quisiera, que la puerta estaba a tres metros y nadie la sujetaba.

No me moví.

—Nueve —repitió él, bajito, casi contra mi nuca.

—Ya he dicho nueve.

—Ya lo sé.

Cerré los ojos. Sentí el aliento en el punto donde el cuello se junta con el hombro, ese sitio ridículo, mal diseñado, que en veinte años de vida adulta jamás me había parecido tan importante como en ese momento.

Arriba, en la sala, el panel de la alarma empezó a pitar. Dos minutos de cortesía y después el ruido.

—Si me giro —dije—, se acaba.

—Se acaba el qué.

—Lo de dos años. Se acaba y empieza otra cosa, y la otra cosa no tiene vuelta atrás. Y a mí eso ya me ha costado un trabajo.

Él no contestó. Los doce grados de la bodega, las bombillas amarillas, ciento cuarenta botellas mal contadas y un pitido cada segundo en el piso de arriba.

—Gírate —dijo.

Me giré.

Nota de Umbral. La alarma saltó. Vinieron los dos coches. La factura la pagamos a medias y en el parte consta como error humano, lo cual es la definición más exacta que ha dado nunca un formulario.