Umbral

Reencuentro

Última función

Teatro, segundo acto6 min de lectura

El beso del segundo acto dura tres segundos. Está marcado en el libreto: Se besan. Tres segundos. Él se aparta. Llevan noventa funciones haciéndolo y las noventa han durado tres segundos exactos, porque eso es un profesional: alguien que besa en escena sin sentir nada, y que puede hacerlo delante de seiscientas personas seis días a la semana sin que tiemble un músculo que no esté en el libreto.

Fueron pareja. Tres años. Lo dejaron seis meses antes de que empezaran los ensayos, y cuando el director les ofreció la obra juntos los dos dijeron que sí para demostrar que podían. Podían. Noventa veces.

Él se va a México el lunes. Una serie, dos temporadas. Ella se lo oyó contar a otro en el camerino.

Nunca le ha pedido que se quede. Nunca le pidió nada. En tres años, él nunca la eligió delante de nada: ni de un rodaje, ni de una gira, ni de una oferta. Ella lo aceptó. Es lo que hacen los profesionales.


Segundo acto. La escena de la terraza. El foco cálido, el decorado de la balaustrada, el rumor de seiscientas personas conteniendo la tos.

—No has cambiado nada —dice él. Es su línea.

—Tú sí. —Es la de ella.

Él cruza el escenario hasta su marca, que es una cinta fosforescente en el suelo a un metro de ella. Llega. Se para. Es la función noventa y uno y ella conoce la cinta, el metro, la luz. Lo que no conoce es la cara de él, que esta noche no está haciendo lo que hace en el ensayo.

La está mirando como si fuera la primera función.


—Te vas mañana —dice ella. Es su línea, en la ficción. En la ficción él se va a Lisboa.

—Me voy mañana.

—Entonces no hay nada más que decir.

—No hay nada más que decir.

Es el momento del beso. Él debería dar un paso, cogerle la cara, tres segundos, apartarse. Da el paso. Le coge la cara. Tiene las manos calientes, y en noventa funciones nunca las había notado calientes, porque en noventa funciones ella no se había permitido notar nada.

Se besan. Uno. Dos. Tres.

Él no se aparta.


Cuatro. Cinco. Seiscientas personas en silencio absoluto, sin saber que algo se ha salido del libreto, porque desde el patio de butacas un beso de seis segundos parece intención del director.

Ella siente al apuntador mirando desde la concha. Siente a la regidora en la caja de luces, con el dedo sobre el siguiente cambio. Siente el foco en la nuca. Y siente la boca de él sobre la suya sin ninguna prisa, como no ha sido en noventa noches, como fue una vez en una cocina de Malasaña hace cuatro años.

Él se aparta por fin. Un centímetro. Lo justo para hablar.

La siguiente línea de ella es vete. Es la última de la escena. Después viene el oscuro y el aplauso y el tercer acto.

Ella abre la boca para decir vete.

Y él, antes de que la diga, delante de seiscientas personas, en voz baja y perfectamente audible hasta la última fila, dice una frase que no está en el libreto.

Nota de Umbral. La crítica de la última función destacó que el segundo acto se alargó de forma inexplicable y que, contra todo pronóstico, funcionó. El apuntador conserva el libreto de aquella noche con una frase añadida a lápiz en la página 71.