Umbral

Encierro

Parte de nieve

Refugio de montaña, 05:206 min de lectura

Teníamos dieciséis años y estábamos sentadas en el bordillo de la plaza de mi pueblo cuando Lucía y yo lo juramos. No fue una broma; fue lo más serio que habíamos dicho hasta entonces. Los ex de una no existen para la otra. Nunca. Da igual cuánto tiempo pase. Veinte años después lo seguíamos cumpliendo, y era lo único de aquella época que no se había roto.

Iván fue novio de Lucía durante cuatro años. Lo dejaron hace dos, bien, sin dramas, y siguen siendo amigos, que es por lo que estaba con nosotras en esa travesía. Yo lo conocía desde siempre. Nunca lo había mirado. No porque no se pudiera: porque no existía. Era la regla de Lucía y mía, no mía sola, y eso la hacía más fuerte.


La tormenta nos cogió en el último collado. Cuando llegamos al refugio no veíamos a un metro y yo no sentía los dedos. En la subida, sin decir nada, Iván se había quitado los guantes buenos y me los había puesto encima de los míos. Llegó al refugio con las manos blancas.

La guarda nos dio sopa y nos mandó a las literas. Siete personas en una habitación corrida bajo el tejado, sacos pegados uno a otro. Lucía se durmió en cuanto se tumbó, a tres sacos del mío.

—A las seis toco la campana —dijo la guarda—. Si abre, salís con la primera luz.

A las cinco y cuarto yo seguía despierta y temblando. Bajé al comedor. La estufa estaba casi apagada y había alguien agachado delante, echándole leña.


—Tampoco puedo dormir —dijo él—. No me entran en calor las manos.

Se las miré. Tenía los dedos rígidos, con esa palidez de cera que en la montaña te enseñan a vigilar.

—Eso es por los guantes.

—Eso es por el frío.

—Es por los guantes, Iván.

Nos sentamos en el banco, delante de la estufa. Él acercaba las manos al fuego y las retiraba, porque cuando están así el calor duele. Yo sabía lo que había que hacer; lo sabe cualquiera que haya hecho un curso de montaña. Las manos heladas no se calientan al fuego. Se calientan contra otro cuerpo.

—Dámelas —dije.

Me las dio. Las cogí entre las mías y las froté despacio, y no bastaba, y los dos lo sabíamos.


La estufa crepitaba. Arriba, alguien se dio la vuelta en su saco y crujió una tabla del suelo. Me quedé quieta, escuchando, con las manos de él entre las mías. Era Lucía, o no era Lucía. No bajó nadie.

Iván me miraba. En veinte años, creo, era la primera vez que me miraba así, o la primera vez que yo lo veía, porque para verlo habría tenido que admitir que existía.

—Tienes cara de estar haciendo cuentas —dijo.

—Estoy haciendo cuentas.

—¿De qué?

No contesté. Estaba haciendo cuentas de un bordillo en una plaza, de dos crías de dieciséis años, de la única cosa de aquella época que no se había roto. Estaba haciendo cuentas de que hay un protocolo para las manos heladas, que está en todos los manuales, y que el protocolo no tiene la culpa de nada.

Las seis menos cinco. Por la ventana empezaba a clarear el gris.

Me levanté el jersey por delante, un palmo. Cogí sus manos y se las metí por debajo, contra la piel del vientre, donde se calientan de verdad.

Estaban heladas. Me cortaron la respiración.

No me aparté.

Arriba, sonó la campana de las seis.

Nota de Umbral. La tormenta abrió a media mañana y bajaron los tres juntos por la pista de Llauset. En el libro del refugio, la entrada de esa noche solo dice: temporal del noroeste, siete pernoctas, sin incidencias.