Umbral

Encuentro

Correas

Parque del Oeste, 07:255 min de lectura

El parque de las siete de la mañana es un pueblo. Las mismas quince personas, los mismos perros, la misma vuelta al estanque. Todo el mundo sabe todo de todo el mundo, y de él saben una cosa por encima de las demás: que es viudo. Hace tres años. Y desde entonces le tratan con esa delicadeza que se reserva a los viudos, que consiste en hablarle un poco más bajo, no preguntarle nunca nada, y mirarle con una pena tan amable que se ha vuelto una forma de no mirarle.

Él se ha dejado. Es cómodo, ser el viudo. Nadie espera nada de ti. Vuelta al estanque, el perro, el tren de las siete cuarenta y dos a la oficina. Dos años así. Si algún día hiciera algo distinto, lo sabría todo el parque antes de las ocho, y a él la idea de ser el viudo que ha rehecho su vida en boca de quince personas le daba algo parecido al vértigo.


La de la galga llegó en primavera. Es la única que no le habla bajito. El primer día le preguntó cómo se llamaba el perro, el segundo cómo se llamaba él, y el tercero le llamó por su nombre y se lo dijo mal, y él la corrigió y ella se rio y ya no se volvió a equivocar.

Esa mañana hacía frío y había niebla en el estanque. Ella iba delante, con la galga. Él detrás, con Tobías, que llevaba dos semanas empeñado en la galga con una constancia que su dueño no había tenido nunca con nada.

—Tu perro me acosa —dijo ella, sin volverse.

—Mi perro tiene buen gusto.

Lo dijo sin pensar. Ella se volvió. Él se quedó mirándola, sorprendido de sí mismo.


Tobías decidió en ese momento dar una vuelta completa alrededor de la galga. La galga, que era más rápida, dio dos. Cuando los dos humanos quisieron reaccionar, las correas les habían atado por las piernas: una vuelta, otra, y quedaron uno frente a otro, pegados, con los perros tirando cada uno para un lado y los dos riéndose sin poder moverse.

—Quieto, Tobías.

—Nieve, quieta.

Los perros no estaban quietos. Cada tirón los juntaba más. Ella tuvo que agarrarse a su abrigo para no caerse, y él la sujetó por la cintura por lo mismo, y de pronto dejaron de reírse los dos a la vez, porque estaban demasiado cerca para seguir riéndose.

—Hay que desenrollar —dijo él—. Tú hacia la izquierda, yo hacia la derecha.

—¿Mi izquierda o la tuya?

—La tuya.

Giraron. Se enredaron más.


Desde el banco del estanque, la señora del caniche los estaba mirando. Desde el camino, el del pastor alemán. Quince personas, un pueblo, y todo el pueblo viendo al viudo abrazado en mitad de la niebla a la de la galga con dos correas alrededor de las rodillas.

Ella lo notó. Miró hacia el banco, luego a él.

—Te están mirando —dijo en voz baja.

—Ya.

—¿Te importa?

Iba a decir que sí. Llevaba dos años diciéndose que sí. Y sin embargo, con las manos de ella todavía agarradas a su abrigo y su cara a un palmo, se dio cuenta de que la señora del caniche le estaba mirando de verdad por primera vez en tres años. No con pena. Con curiosidad. Como se mira a alguien a quien todavía le puede pasar algo.

—No —dijo.

Las siete cuarenta. A lo lejos, detrás de los árboles, se oía ya el tren entrando en la estación.

Él no hizo ningún gesto para desenredarse.

Tobías, que llevaba dos años cogiendo el tren de las siete cuarenta y dos con su dueño, se tumbó en la hierba a sus pies con un suspiro enorme, como si ya supiera que hoy no iban a ninguna parte.

Nota de Umbral. Los del parque de las siete tardaron una semana en comentarlo y dos en dejar de hacerlo. El de las 7:42 sale ahora sin él los jueves.