Umbral

Encuentro

Cuarenta minutos de anestesia

Centro de salud de guardia, domingo6 min de lectura

Hay una regla que no está escrita en ningún código y que yo me escribí a mí misma el primer año de residencia: a un paciente se le toca lo que exige la herida. Ni un centímetro más, ni un segundo más. La he cumplido quince años, en Madrid y aquí, y la he cumplido incluso los días en que habría sido fácil y humano no cumplirla.

Aquí es un centro de salud en un pueblo de Teruel con cuatrocientos habitantes y una consulta de guardia los domingos. Hago recetas. Tomo tensiones. Explico a hombres de ochenta años por qué tienen que dejar la sal. Hace tres años yo era la persona a la que llamaban en el Doce de Octubre cuando una sutura tenía que quedar invisible, y ahora llevo tres años sin coser nada que no sea un botón.

El domingo a las seis entró un hombre con un trapo de cocina envuelto en la mano izquierda y el trapo ya no era blanco.

—Una chapa —dijo—. En la nave.


Le quité el trapo. Palma abierta en diagonal, limpia, profunda, sin tendones. Nueve puntos, calculé. Diez si quería que no se viera.

—Voy a dormirte la mano —dije—. Tienes cuarenta minutos de anestesia. Después vas a notar todo, así que me da tiempo de sobra.

—¿Y si no te da?

—Me da.

Infiltré la lidocaína en los bordes de la herida y esperé. Él miraba la aguja. Luego dejó de mirar la aguja y me miró las manos, y se quedó mirándolas mientras yo preparaba el material, y en algún momento dijo:

—Tú has hecho esto muchas veces.

No era una pregunta. Levanté la vista.

—¿Por qué lo dices?

—Por cómo coges las pinzas. Mi hermano es carpintero. Se nota quién ha hecho algo mil veces por cómo coge la herramienta antes de usarla.

Nadie en este pueblo me había mirado las manos en tres años. Bajé la vista a la herida y empecé.


Para coser una palma hay que sujetarla. No hay otra manera. Le puse la mano abierta sobre la mía, con el dorso contra mi palma, y le separé los dedos con mis dedos para tensar la piel. Es la postura correcta. Está en los manuales. La he usado quinientas veces.

El primer punto salió perfecto. El segundo también. Al tercero ya había vuelto algo que no sabía que había perdido: esa quietud particular que se me ponía en el pecho en quirófano, cuando el mundo se reducía a dos centímetros de piel y a mis manos haciendo exactamente lo que tenían que hacer.

—Estás sonriendo —dijo él.

—No.

—Un poco.

Cuarto punto. Quinto. Tenía su mano entera dentro de la mía y él no la notaba, estaba dormida, pero yo sí notaba la suya: el peso, el calor, los callos de la base de los dedos, la línea de la vida cortada limpia por la chapa. Y notaba otra cosa que no tenía nada que ver con la herida, que era su respiración, que se había ido haciendo más lenta y más cercana, porque en algún momento se había inclinado hacia mí para mirar y no había vuelto a su sitio.

—¿Cuánto queda? —preguntó.

—Cuatro puntos.

—De la anestesia, digo.

Miré el reloj de la pared. Treinta y un minutos.

—Nueve.


El noveno punto lo di a los treinta y siete. Corté el hilo. Limpié. Estaba perfecto; iba a quedar una línea fina que en un año nadie vería salvo él, y solo si la buscaba.

Tenía que soltarle la mano. Es lo que dice la regla: la herida ya no exigía nada.

No la solté.

Me quedé así, con su mano abierta sobre la mía, los dedos todavía entrelazados en la postura de los manuales, y ninguno de los dos dijo nada. Fuera ladraba un perro. La consulta olía a povidona.

—Treinta y nueve —dijo él, mirando el reloj.

—Sí.

—Cuarenta.

Y entonces le vi en la cara que empezaba a volver: primero una arruga pequeña entre las cejas, luego un cambio en la mano, un movimiento mínimo de los dedos que ya no eran del todo ajenos a él.

—Se me está pasando —dijo, en voz baja—. Empiezo a notar tus dedos.

La regla. Quince años. Era el momento exacto de soltarlo.

—Pues nótalos —dije.

Nota de Umbral. Parte de asistencia: herida incisa en palma de mano izquierda, nueve puntos de sutura, evolución favorable. Tiempo de atención: cincuenta y ocho minutos.