Umbral

Encuentro

El último tren a Vigo

Ourense – Vigo, 23:406 min de lectura

Yo iba a un entierro. Conviene decirlo ahora porque explica todo lo demás, y porque durante nueve horas no se lo dije a ella.

También tengo una norma con los trenes: no hablo. La cumplo desde hace once años sin una sola excepción, y aquella noche la cumplía con una convicción particular, porque un hombre que entierra a su padre a las once de la mañana no tiene nada que hacer en una conversación.

Ella subió en Ourense con el pelo mojado y el abrigo mal abrochado, como alguien que ha corrido los últimos cien metros y no piensa admitirlo. Se sentó frente a mí porque el vagón estaba vacío y el suyo era el asiento que le habían asignado, y porque hay gente que obedece a los billetes incluso cuando nadie mira.

—No funciona —dijo, señalando la rejilla de la calefacción con la barbilla—. Lo he preguntado.

Once años.

—Ya —dije.

—Nueve horas.

—Ocho, si no paramos en Monforte.

Sonrió sin enseñar los dientes, que es como sonríe la gente que no quiere comprometerse todavía. Sacó un libro, lo abrió por la mitad y no pasó una sola página en cuarenta minutos. Yo lo sé porque yo tampoco pasé ninguna.


A la altura de Ribadavia el tren se metió en un túnel y el vagón se quedó a oscuras el tiempo justo para que los dos dejáramos de fingir. Cuando volvió la luz, ella tenía los ojos exactamente donde yo los había dejado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—¿Importa?

—No —dijo—. Por eso lo pregunto.

Hay conversaciones que son un pretexto y las dos personas lo saben y aun así las tienen, con cuidado, como quien sostiene un vaso demasiado lleno mientras cruza una habitación. Hablamos de trenes. De lo que hace el frío en las manos. De una ciudad a la que ella iba y de la que yo venía, y de cómo nadie va nunca a la misma ciudad que otro aunque el nombre coincida.

—¿Y tú por qué vas a Vigo? —dijo en algún momento.

Miré por la ventana. Fuera no había absolutamente nada que mirar.

—Mañana —dije.

Ella esperó tres segundos por si venía algo más. No vino. Y entonces hizo lo único que se podía hacer, que fue no preguntar otra vez, y dejar el libro en el asiento de al lado, boca abajo, abierto. Rendición sin bandera.


—Tengo las manos heladas —dijo, y lo dijo mirándome, no mirándose las manos, que es una diferencia enorme.

Las tenía. Las puso sobre la mesita plegable entre nosotros, con las palmas hacia arriba, una ofrenda y un reto en el mismo gesto. Yo miré aquellas dos manos abiertas durante lo que sería, si tuviera que jurarlo, unos cuatro segundos. Cuatro segundos son mucho tiempo cuando hay algo pendiente en ellos.

Luego se las cubrí con las mías.

No se movió. No respiró distinto. Pero el pulso, que estaba justo ahí donde mis dedos rodeaban su muñeca, se le puso a correr como si hubiese oído algo en la habitación de al lado. Ella supo que yo lo notaba. Yo supe que ella sabía. Ninguno de los dos dijo nada, porque nombrarlo habría sido convertirlo en una decisión, y todavía no queríamos decidir. Queríamos exactamente esto: la temperatura subiendo bajo dos capas de piel, en silencio, mientras el paisaje negro pasaba a ciento veinte por hora.

—Ya no están tan frías —dije, al cabo.

—No —dijo ella—. No lo están.

Y no las retiró.


El revisor pasó a la altura de Guillarei. Separamos las manos con una eficacia que daba risa, dos adultos escondiendo nada, y en cuanto la puerta se cerró detrás de él ella se levantó, rodeó la mesita y se sentó a mi lado. No en el asiento de al lado. A mi lado. Con el muslo contra el mío y el hombro contra el mío y la cabeza a una altura desde la que yo podía oler el champú y el frío y algo más debajo, algo que no tenía nombre comercial.

—Hace menos frío así —dijo, y a esas alturas ya ni siquiera se molestaba en que sonara verosímil.

Giré la cara. Ella giró la suya. Quedamos a esa distancia en la que ya no se ve bien, en la que un rostro deja de ser un rostro y pasa a ser calor y respiración y la certeza absoluta de lo que va a ocurrir en el próximo segundo o en el siguiente.

Ninguno de los dos cerró esa distancia todavía.

La sostuvimos. La estiramos hasta que dolió. Ella tenía los labios entreabiertos y la respiración corta y yo sentía, contra el brazo, cómo se le movía el pecho; y aun así seguíamos ahí, suspendidos, porque los dos habíamos entendido lo mismo a la vez: que esto —justo esto, el borde— no iba a volver a existir nunca más, y que después ya solo habría después.

Fuera, la megafonía anunció Vigo en veinte minutos.

Veinte minutos y luego una estación, y un taxi, y un traje colgado en una puerta, y las once de la mañana.

—Veinte minutos —repitió ella, muy bajo, contra mi boca sin tocarla.

—Veinte minutos —dije yo.

Y entonces sí.

Nota de Umbral. Llegué al entierro a las once en punto. Alguien me dijo que tenía buena cara para lo que era el día. No supe qué contestar.