Oficio
Dos minutos cuarenta
Llevaba veinticinco años cuadrando cuentas ajenas y dos cuadrando la suya después del divorcio, y todo le salía: la hipoteca, los fines de semana alternos, la cena de los jueves con su hermana. La otra parte, la de mirar y dejarse mirar, la había cerrado con la misma pulcritud con que cerraba un ejercicio fiscal: sin asientos pendientes. Un hombre de cincuenta y dos años recién divorciado que empieza algo con alguien era una figura que había visto de cerca en otros y que le daba una vergüenza física.
Lo único que no controlaba era la respiración. Se le cortaba en las reuniones, en los ascensores, a las cuatro de la madrugada. El médico le dijo que era ansiedad. Él se apuntó a un curso de apnea porque le pareció la manera más ordenada de aprender a aguantar el aire.
La instructora se llamaba Nuria y el primer día le dijo una cosa que no entendió:
—Aquí no se aguanta nada. Aquí se suelta.
La primera media hora es en seco, tumbados en una esterilla junto al vaso. Respiración diafragmática. Ella le pidió que pusiera una mano en el pecho y otra en el vientre, y que solo se moviera la de abajo.
Se movían las dos.
—Estás respirando con los hombros. —Se arrodilló a su lado—. ¿Puedo?
Le apartó la mano del vientre y puso la suya. Plana, abierta, justo debajo de las costillas.
—Empuja mi mano con el aire. Solo mi mano. El pecho quieto.
Lo intentó. La mano de ella subió y bajó. Tenía la palma caliente y él tenía la piel fría de la piscina, y cada vez que tomaba aire notaba el contorno exacto de sus dedos.
—Así —dijo ella—. Otra vez. Más despacio.
Lo hizo más despacio. Ella no quitó la mano. La piscina estaba casi vacía: dos nadadores en la calle del fondo y el socorrista mirando el móvil en su silla alta.
La estática se hace en el agua, boca abajo, flotando, con alguien al lado que te vigila. Es la regla que no se rompe nunca: nadie hace apnea solo.
Ella se colocó a su lado, de pie, con el agua por la cintura, y le puso una mano en la espalda, entre los omóplatos.
—Cada diez segundos te doy un toque. Si no me contestas con un dedo, te saco. Cuando llegue al minuto te empiezo a decir el tiempo. No cuentes tú. No pienses en nada. Suelta.
Metió la cara en el agua.
Silencio. El zumbido de la depuradora. La mano de ella en la espalda. Un toque. Levantó un dedo. Otro toque. Otro dedo. A los cuarenta segundos empezó a notar el cuerpo pidiendo aire, y lo notó como un problema a resolver, que es como lo notaba todo, y apretó.
La mano de ella bajó por su espalda hasta la cintura y volvió a subir. No era un toque. Era otra cosa.
—Deja de pelear —oyó, amortiguado, a través del agua.
Soltó algo. No supo qué. El pecho dejó de apretar.
—Un minuto… Uno veinte… Uno cuarenta.
Salió a los dos minutos diez. Ella le sujetó la cara fuera del agua con las dos manos, como dice el protocolo.
—Respira. Respira. ¿Estás bien?
Hizo la señal con los dedos. Ella no le soltó la cara enseguida.
A las diez menos cuarto el socorrista pitó dos veces: quince minutos y apagaban las luces del vaso.
—Una más —dijo ella—. La última.
Los nadadores del fondo ya se habían ido. Quedaban ellos dos y el socorrista recogiendo corcheras en el otro extremo. Él metió la cara en el agua y ella le puso la mano en la espalda.
Esta vez no peleó. Notó la mano, notó el agua, notó cómo el cuerpo dejaba de ser un sitio que había que administrar. Toque. Dedo. Toque. Dedo.
—Dos minutos.
Su marca. La pasó sin darse cuenta.
—Dos veinte.
Y entonces, a oscuras detrás de los párpados, supo que se habían apagado las luces del vaso, porque el agua cambió de color incluso con los ojos cerrados.
—Dos cuarenta.
Salió.
La piscina estaba a oscuras. Solo quedaba la luz verde de la salida de emergencia, al fondo, que ponía un reflejo sobre el agua. Ella estaba delante de él, muy cerca, con el agua a la altura del pecho, y le sujetaba la cara con las dos manos.
—Respira —dijo.
Respiró. Una vez. Dos. Tenía las manos de ella a los lados de la cara y la respiración de ella a un palmo, y la de los dos se fue acompasando sin que ninguno lo buscara, que era exactamente lo que ella le había estado enseñando toda la tarde.
Ahora tocaba preguntarle si estaba bien. Es el protocolo. Ella lo había repetido esa tarde una docena de veces.
No se lo preguntó.
Nota de Umbral. En la ficha del curso consta como mejor marca personal en estática: dos minutos cuarenta. No hay registro de la última serie.