Oficio
El torno
Tres veces. Tres dosieres, tres correos, la misma frase: no es lo que buscamos en este momento. La tercera vez la firmaba él con su nombre, sin fórmula de cortesía, y ella la leyó en la puerta del taller con las manos llenas de barro y decidió que no volvería a mandar nada a esa galería mientras viviera. Lo dijo en voz alta, a nadie, en mitad de la calle. Hay cosas que se dicen en voz alta para que cuenten.
Un jueves de septiembre apareció en su taller con un delantal nuevo sin estrenar.
—Me he apuntado al curso de iniciación —dijo—. Pagado y todo.
—Ya lo veo.
—No sabía que el taller era tuyo.
Mentía. Se le notaba en que no la miraba.
El horno estaba cargado con toda la hornada del mes y subía hacia los mil doscientos cincuenta grados. Llegaría a las nueve. A las nueve en punto había que apagarlo; diez minutos más y el esmalte hervía y se perdía todo.
Eran las ocho y cuarto. Los otros tres alumnos se habían ido. Él seguía en el torno con un pegote de barro que no conseguía centrar.
—Se me va —dijo.
—Porque le estás peleando.
—Le estoy dando forma.
—Todavía no hay forma. Primero hay que centrar. Si no está centrado no hay nada que formar.
Lo intentó otra vez. El barro se le escapó hacia un lado y se desmoronó sobre la rueda. Ella lo miró un momento con algo que no llegaba a ser satisfacción.
—Es más difícil de lo que parece, ¿verdad?
—No.
—Ya.
—Voy a ponerte las manos encima —dijo ella—. Es como se enseña. No te muevas.
Se colocó detrás de él, a horcajadas en el banco, y alargó los brazos por los lados de su cuerpo hasta llegar al torno. Puso sus manos sobre las de él, encima, dedo sobre dedo, con el barro mojado debajo de las dos.
—Ahora no hagas nada. Deja que las mías hagan.
Arrancó el torno con el pie. El barro empezó a girar. Ella apretó, y las manos de él apretaron debajo de las suyas porque no tenían otra opción, y el pegote informe empezó a subir, a estrecharse, a quedarse quieto mientras giraba, que es lo que significa centrar: que algo gire tan deprisa que parezca inmóvil.
—Así se nota —dijo ella, muy cerca de su oreja—. Aquí. ¿Lo notas?
Tenía el pecho contra su espalda. El barro les subía por las muñecas. Él tardó en contestar.
—Lo noto.
—¿El qué?
—Que está en su sitio.
Las ocho y cuarenta. El horno hacía un ruido sordo al fondo del taller.
Ella no soltó.
Podría haberlo hecho: el barro estaba centrado, la lección estaba dada, el curso de iniciación tenía un programa y el programa decía que ahora el alumno lo intentaba solo. No soltó. Dejó las manos sobre las de él, y el torno siguió girando, y el barro siguió subiendo entre los cuatro juegos de dedos.
—Es muy difícil —dijo él de pronto, en voz baja—. Esto.
Ella se quedó quieta.
—Lo que haces —siguió él—. No sabía que era tan difícil.
Tres correos. No es lo que buscamos. Una frase dicha en voz alta en mitad de la calle para que contara.
Las nueve menos cinco. En el panel del horno se encendió el piloto amarillo del aviso. Toda la hornada del mes.
Él giró la cara hacia ella. Estaban tan cerca que no había dónde mirar que no fuera el otro. Las manos de los dos seguían en el barro, y el barro, sin que nadie lo corrigiera, empezó a torcerse hacia un lado, a perder el centro, a caerse despacio sobre la rueda.
Ella no quitó el pie del pedal.
Nota de Umbral. La hornada de aquel mes se perdió entera: el horno pasó cuarenta minutos de temperatura. En otoño, la galería inauguró una individual suya. El catálogo abre con un cuenco torcido que no está a la venta.