Oficio
La prueba del traje
Hay hombres que miran y hombres que no, y él había decidido a los diecinueve años ser de los segundos. No por virtud. Por economía: había visto a su padre mirar durante treinta años y había visto lo que cuesta. Así que no miraba. Ni en la playa, ni en las cenas de empresa, ni en los aeropuertos. Llevaba doce años sin mirar a nadie más que a Clara, y lo llevaba con el orgullo discreto de quien ha elegido algo difícil y lo cumple.
Se casaban en tres semanas. Clara estaba abajo, en doble fila, con el motor encendido.
—Quince minutos —le había dicho al bajarse—. Que por aquí pasa la grúa.
La sastrería olía a lana mojada y a plancha. La sastra podía tener cincuenta años o treinta y ocho, era imposible saberlo, y llevaba la cinta métrica colgada del cuello como otras personas llevan una cadena.
—Quítese la chaqueta —dijo—. Y los zapatos. Súbase aquí.
Aquí era una tarima baja frente a un espejo de tres hojas. Él se subió. Tres hombres en calcetines le devolvieron la mirada desde tres ángulos, y ninguno parecía saber qué hacer con las manos.
—Los brazos sueltos. No los ponga así, que no le voy a detener.
Empezó por los hombros. Le pasó la cinta de un extremo a otro de la espalda, tensa, y dijo un número en voz baja. Después el cuello: la cinta alrededor, dos dedos de ella metidos por dentro para dejar holgura, justo encima de la nuez. Él tragó. Ella lo notó, porque tenía los dedos exactamente ahí, y no dijo nada.
—Cuarenta y uno.
—Los brazos en cruz.
Los puso. Ella midió la manga desde el hombro hasta la muñeca, siguiendo el brazo con la mano libre, y a la altura del codo se detuvo.
—Tiene un brazo más largo que el otro.
—No lo sabía.
—Nadie lo sabe. —Volvió a medir—. Siete milímetros. Ahora lo va a notar cada vez que se abroche un puño.
Lo dijo sin intención, o con una intención tan exacta que era indistinguible de ninguna. Él miró al frente, al espejo, y el espejo le devolvió a una mujer de rodillas a su lado apuntando algo en una libreta con un lápiz de carpintero, y a él mismo mirándola.
Estaba mirándola.
Doce años. Se obligó a fijar la vista en su propio reflejo, en el cuello de la camisa, en cualquier cosa.
—Ahora la entrepierna —dijo ella—. Separe un poco los pies.
Hay una manera profesional de tomar esa medida y ella la conocía: la cinta sujeta con una mano arriba, en la costura interior, y la otra bajando por la pierna hasta el tobillo. Es un gesto de dos segundos. Lo hacen cien veces por semana.
Ella tardó más de dos segundos.
No mucho más. Lo suficiente. Él sintió el dorso de su mano contra la cara interna del muslo, a través de la tela, quieto, sujetando la cinta; sintió que ella no tenía ninguna prisa, y sintió —esto fue lo peor— que él tampoco.
—Ochenta y dos —dijo ella desde abajo.
No retiró la mano.
En la calle sonó un claxon. Dos toques cortos. Él conocía ese claxon.
—Me quedan diez minutos —dijo, y le salió la voz de otra persona.
—Me quedan tres medidas —dijo ella.
Se levantó. Quedó de pie frente a él, a una distancia que en cualquier otro oficio habría sido una invasión y en el suyo era el trabajo. Le pasó la cinta por la espalda a la altura del pecho, y para cerrarla tuvo que acercarse; él notó su pelo contra la barbilla y el olor a lana y a plancha y a algo más debajo.
—Respire normal —dijo ella—. Si aguanta el aire, le hago un traje que no le va a caber.
—Estoy respirando normal.
—No.
Cerró la cinta sobre el esternón. Leyó el número. No lo apuntó. Tenía la mano plana sobre su pecho, sujetando los dos extremos, y debajo de la mano el corazón de él estaba haciendo algo que no tenía nada que ver con respirar normal. Ella lo sabía. Tenía la mano justo encima.
Otro claxon. Más largo.
—Es mi…
—Ya sé quién es.
Él miró al espejo de tres hojas y vio tres veces lo mismo: a ella con la mano en su pecho, sin moverla, y a él sin moverse tampoco. Doce años sin mirar a nadie, y ahí estaba, mirando, por triplicado, sin poder apartar los ojos de ninguna de las tres.
—La última es la cintura —dijo ella, muy bajo—. Levante los brazos.
Los levantó.
Ella le rodeó con la cinta y tiró de los dos extremos para ajustarla. Y en lugar de soltarlos, los sujetó ahí, a su espalda, con las dos manos, de modo que él quedó dentro del círculo de sus brazos con los suyos en alto, sin poder bajarlos sin tocarla.
—No los baje —dijo ella.
Y él, que llevaba doce años sin mirar a nadie, no los bajó.
Nota de Umbral. El traje salió de taller el día previsto. Le queda perfecto en todas las fotos de la boda, y así lo comenta todo el mundo.