Encierro
Nueve pisos sin luz
Cuando firmó el contrato de este piso tomó una decisión y la anotó, literalmente, en la última página de una agenda: en este edificio no conozco a nadie. Venía de un sitio donde había conocido a todo el mundo y donde todo el mundo había visto cómo se le caía la vida encima durante catorce meses, y no pensaba repetirlo. Cuatro años después la norma seguía intacta. Ciento y pico «buenas» en el portal y ni una palabra más, con nadie.
La segunda cosa que sabía de aquel día era que el del séptimo se mudaba el sábado. Lo había leído en el cartel del tablón: se vende, pregunte en portería, y debajo, a bolígrafo, el número del piso. Tres días.
Coincidieron en el ascensor a las nueve y diez de la noche. Él llevaba una caja de cartón medio montada.
—Buenas.
—Buenas.
Primero se fue la luz. Después el ascensor, que hizo un ruido feo y se quedó quieto con esa brusquedad de las máquinas que no negocian. Y después, durante unos segundos largos, no pasó absolutamente nada, que es lo peor que puede pasar.
—Vale —dijo ella en la oscuridad—. Vale, vale, vale.
—Tranquila, hay generador. El portero me lo explicó cuando entré: tarda veinte minutos en arrancar y devuelve la luz y los ascensores. Veinte minutos exactos, dijo.
—Veinte.
—Veinte.
Encendió la linterna del móvil y la apuntó al techo para que rebotara. Un metro por un metro y medio de cabina y dos personas que en cuatro años se habían dicho «buenas» ciento y pico veces y nada más.
—Tengo claustrofobia —dijo ella—. No es una manera de hablar. Es un diagnóstico y llevo pastillas en el bolso y el bolso está arriba.
—Vale. ¿Qué necesito hacer?
—Hablar. Lo que sea. Si hay una voz, aguanto.
Habló. Le contó cómo se monta una caja de cartón sin cinta, que resulta que tiene técnica. Le contó que la mudanza era a Valencia y que no se iba por nada bueno. A los ocho minutos ella ya no estaba escuchando el contenido, solo el sonido, que era exactamente lo que necesitaba y él parecía haberlo entendido sin que se lo dijera.
A los doce, él apagó la linterna para ahorrar batería.
La oscuridad volvió entera, sin una raya de luz por ninguna parte, y las voces en la oscuridad cambian: bajan, se acercan sin que nadie se mueva.
—¿Sigues ahí?
—Estoy a cuarenta centímetros.
—Ya, pero dilo.
—Sigo aquí.
—Quedan seis minutos —dijo él—. Más o menos.
—Necesito la mano.
Lo dijo así, sin adornarlo, porque llevaba cuatro años sin pedirle nada a nadie de aquel edificio y descubrió que cuando por fin se pide, se pide en imperativo.
Él buscó en la oscuridad y le encontró primero la rodilla, se disculpó, subió por el antebrazo y llegó a la mano. Se quedaron así, sentados en el suelo de un ascensor entre el cuarto y el quinto, con los dedos entrelazados y una respiración cada vez menos disimulada entre los dos.
—Cuatro minutos —dijo él.
Ella no contestó. Tenía el pulso en la garganta y ya no era por la cabina; eso lo sabía perfectamente y no pensaba examinarlo todavía.
—Nunca te he visto la cara de cerca —dijo él.
—Me la has visto ciento cuarenta veces.
—De cerca no.
Ella se movió. Fue un desplazamiento de unos pocos centímetros sobre el suelo del ascensor, y luego notó su frente contra la suya, en la oscuridad absoluta, con una precisión que no tenía ningún derecho a existir sin luz. Le llegaba el aliento en la boca. No se tocaban en ningún otro punto del cuerpo, solo la mano y la frente, y era insoportable.
—Dos minutos —dijo él, y le salió mal la voz.
—Sí.
—Cuando vuelva la luz voy a tener que mirarte.
Ella pensó en el cartel del tablón, en el sábado, en Valencia, en cuatro años de portal y en una agenda con una frase escrita en la última página.
—Entonces no enciendas la linterna —dijo.
Nota de Umbral. El generador arrancó a la hora prevista. En el parte de incidencias del bloque B consta que el ascensor estuvo detenido veinte minutos. En el edificio nadie ha aclarado nunca por qué el del séptimo canceló la mudanza el jueves.